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Estancado desde 2011, el mercado laboral trata de dejar atrás el letargo

Más allá de las alzas y bajas coyunturales, en los últimos siete años la tasa de empleo, sobre todo en los varones y en los jóvenes, se contrajo; aumentó la cantidad de «ni-ni» (ni estudian ni trabajan) y el asalariado formal privado perdió peso.

El plan de trabajo diario de Manu se limitó, al comienzo, a dejar la búsqueda de empleo (esfuerzo inútil, pero necesario) para las primeras horas de la mañana y tomarse el resto del día para hacer la ronda que, en la práctica, consistía en la ocupación pasiva de una mesa de bar, provisto de un café (nunca más de uno) y una pantalla en la que navegar sin prisa…».

«Con el tiempo, los límites de estos juegos se hicieron evidentes. Los lugares se repetían. Al ingresar al bar, al encontrar a las mismas personas sentadas a la misma mesa tal como las había dejado el día anterior, Manu tenía la impresión de revivir una y otra vez un día único, solo imperceptiblemente distinto gracias a los cambios climáticos y a las pequeñas variaciones en la composición del grupo…».

«Los bares son su adicción, aunque le cueste aceptarlo; son su único modo de sobrevivir el largo día desierto… Su vínculo con las mujeres es distante, un acto reflejo. A medida que su círculo se cierra sobre las mismas personas y los mismos lugares y rutinas, sus parejas se vuelven más frecuentes y fugaces. Sus relaciones se agotan rápidamente en el letargo y la repetición, el interés dura solo el tiempo necesario para el reconocimiento físico y el repaso del anecdotario básico. Las mujeres también son parte de un itinerario repetido…».

Manu es el personaje principal de El juego de la mancha, la ficción que acaba de publicar Eduardo Levy Yeyati en Editorial Sudamericana. El relato transcurre en una ciudad en la que no hay trabajo, donde las relaciones humanas se degradan y los suicidios crecen y la vida se torna una monotonía sin sentido más que la subsistencia. Hasta ahí la ficción.

La realidad es distinta, claro está, pero los datos no son alentadores y constituyen para el trabajo del futuro uno de los principales desafíos del mundo que viene. «El 64% de la población argentina, alrededor de 28 millones de personas, se encuentra en la franja etaria de población en edad de trabajar, es decir, de 15 a 64 años. Esa cifra es levemente inferior a la media mundial y tres puntos menor que la de América Latina», dice un trabajo presentado por Levy Yeyati, el economista Martín Montané y el sociólogo Daniel Schteingart para el proyecto Argentina 2030, una iniciativa que coordina la Jefatura de Gabinete que plantea una mirada a largo plazo de los temas estructurales.

Hay un dato más que es impactante. Casi el 45% de la población económicamente activa, nueve millones de personas, tiene problemas de inserción laboral. «De ese 45%, más de ocho puntos los explica el desempleo; 13 puntos, el trabajo cuentapropista de bajo nivel educativo, y 22, los asalariados informales, definidos como trabajadores en relación de dependencia sin cobertura jubilatoria», dice el documento, de publicación reciente.

«El concepto de trabajo como lo conocemos está en crisis -dice Levy Yeyati-. Por un lado, el paradigma de la jornada laboral, del trabajo asalariado de convenio, si bien no desaparece, no se adapta bien a la mayoría de las nuevas ocupaciones, con tareas, horarios y relaciones laborales cambiantes», dice el decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT).

Por otra parte, sostiene el especialista, «la identificación del trabajo con el salario empieza a cuestionarse». El ejemplo es más que relevante por estos días: las tareas del hogar, domésticas y de cuidado, ¿son trabajo solo si tienen remuneración?, se pregunta Levy Yeyati.

Según el documento, el mercado laboral argentino registró una notoria mejora entre 2004-2008, a tono con una elevada expansión económica: «Tal mejora se evidencia por múltiples indicadores, como un rápido aumento de la tasa de empleo y caída de la desocupación, así como un notorio aumento de la formalidad». Entre 2008 y 2011, la mejora de los indicadores prosiguió, aunque a un ritmo más lento. Desde 2011, y en un contexto de estancamiento económico -e incluso caída del ingreso por habitante-, el mercado laboral tendió a deteriorarse: la tasa de empleo -sobre todo en varones y en los jóvenes- se contrajo, aumentó el peso de los jóvenes «ni-ni» (ni estudian ni trabajan) y el empleo asalariado formal privado perdió peso en el total.

Justamente, el porcentaje de los «ni-ni» en la fuerza laboral argentina es mucho más importante que en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). «El porcentaje de jóvenes ni-ni es sensiblemente mayor en la Argentina que en la OCDE (20% contra 10%). Eso se explica mayormente por lo que ocurre con las mujeres jóvenes. A nivel temporal, la brecha entre nuestro país y la OCDE había llegado a ser de 7,4 puntos porcentuales en 2011, y desde entonces volvió a aumentar, a tono con el estancamiento económico experimentado aquí», dice el trabajo.

Una de las características del fenómeno en los países de la OCDE es que prácticamente no hay brecha de género entre hombres y mujeres que no estudian ni trabajan. «En la Argentina la brecha es muy profunda. Hay casi 10 puntos de diferencia entre la ocupación de hombres y mujeres», se lee en el documento.

En el conurbano bonaerense, las cifras de «ni-ni» son las mayores del país, tanto para varones como para mujeres: 18% y 27%, respectivamente. En contraste, en la ciudad de Buenos Aires los números se equiparan prácticamente a los mismos registros de la OCDE, con 9% de varones y 11% de mujeres de entre 15 y 24 años que no estudian ni trabajan. Dos países.

Manu, el protagonista de la novela de Levy Yeyati, vive con el seguro de desempleo. Pasa el día de bares, un café por día, como enfatiza el autor. Es víctima de una sociedad que no supo crear empleo para un mundo que cada vez exige más a quienes aspiren al mercado formal.

«Además, la automatización ofrece la oportunidad de producir más con menos trabajo humano. Eso es malo si nos lleva a un mundo de desocupados de subsistencia, como sucede en la novela. Pero, si la mayor productividad es redistribuida entre todos, ¿estamos peor o mejor trabajando menos? Como se puede ver, el problema es tanto económico como cultural -dice el economista-. En la Argentina, el problema del trabajo tiene una connotación particular, porque ya hoy a nuestra economía le cuesta crear empleo de calidad para todos; de ahí el alto grado de informalidad y precarización».

El sector público (que se explica sobre todo por la administración pública, fuerzas de seguridad, educación y salud) tiende a generar empleo mayormente formal: de acuerdo con la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), el 91% de los asalariados tienen descuento jubilatorio. En contraste, tal cifra cae al 59% para los asalariados del sector privado (y por debajo del 50% en el NEA y el NOA). La mayor formalidad del sector público va de la mano con ingresos horarios relativos superiores a la media, tendencia que también ocurre en la OCDE.

Desde 2014, tanto en la OCDE como en la Argentina se registra un declive relativo de sectores como el agro, la industria manufacturera y el comercio, a manos de servicios intensivos en conocimiento (como información y comunicación, actividades profesionales y de ciencia y tecnología, salud y educación), y otros de menor calificación, como actividades administrativas, trabajo social, hoteles y restaurantes y recreación (estos dos últimos tienen que ver con el esparcimiento).

Vale tener en cuenta, de todos modos, que en la OCDE el empleo manufacturero de alta tecnología prácticamente no perdió participación relativa desde 2004 (aunque sí lo hizo en la Argentina), de modo que lo que explica el repliegue manufacturero en el empleo es mayormente la industria de baja tecnología, que tendió a relocalizarse en países con salarios menores. Asimismo, los servicios intensivos en conocimiento, como información y comunicación, y actividades profesionales, científicas y técnicas aumentaron mínimamente su peso en el empleo en la Argentina, pero lo hicieron con una intensidad claramente mayor en la OCDE.

En cuanto a la calificación del empleo, de acuerdo con estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el 24% del empleo es de alta calificación, categoría que incluye directores y gerentes, profesionales, científicos e intelectuales y técnicos y profesionales de nivel medio. «De esta manera, la Argentina se ubica a mitad de camino entre los países de ingresos medios-altos (17%) y los de ingresos altos (38%)», se lee en el paper preparado por Argentina 2030. Un dato: en el país, el 29% del empleo femenino es de alta calificación, nueve puntos más que en el caso de los varones, y en línea con los países de ingresos medios-altos. Esto se debe a que en las ocupaciones calificadas en educación y salud hay una alta tasa de feminización de empleo.

Hay, quizás, otro dato que no debe pasar inadvertido a la hora de analizar la realidad de la Argentina laboral. La prima educativa, que es lo que el mercado paga el estudio, ha caído en el país. O sea, se paga menos que antes la calificación. Por ejemplo, tener un título universitario en 2003/2006 se asociaba a una mejora de 100% en el salario en relación con un caso base; en 2017 ese porcentaje era de 75%. En el mismo período, la prima terciario completo pasó de 65% a 50%, y la de secundario completo, de 50% a 34%. El que no se movió prácticamente es el de primaria completa, que se mantuvo en alrededor de 15%.

La Revolución Industrial, la máquina de vapor, la electricidad o la división del trabajo fueron algunas de las disrupciones en el mercado laboral. «En todos los casos hubo muchos empleos que desaparecieron y otros nuevos que se generaron con características diferentes. La particularidad de la situación actual y que se proyecta para los próximos años es la mayor velocidad con la que se propagan los cambios por el contexto de mayor globalización», dice un trabajo de Idesa. ¿Están preparadas las instituciones laborales para estos desafíos? Según el Índice de Rigidez en el Empleo del informe Doing Business del Banco Mundial, la Argentina tiene un puntaje de 21 entre 0 y 100, donde mayor valor implica mayor rigidez. Entre los países avanzados este mismo índice arroja las siguientes medidas de rigidez: en Dinamarca es de 7 puntos sobre 100, en Canadá es de 4 y en Australia es de 0, el país de mayor fluidez en sus regulaciones laborales.

«La cuarta revolución industrial tampoco implicará el fin del empleo. La discusión sobre la reforma laboral debería tomar como eje los desafíos que plantea este cambio tecnológico disruptivo», concluye el texto de Idesa.

Y de regreso a la ficción: «Yo alguna vez fui como los demás. Un pibe de barrio que se llevaba todo por delante. A la mañana zafaba con lo justo y sin mucho esfuerzo en el colegio. A la tarde fútbol, o quiosco a dos cuadras de casa, a fumar, tomar cerveza y hablar de música y de minas. Era bueno. Bolacero, fabulador. Les contaba historias. No fallaba. Al boliche iba viernes, sábado y domingo. El boliche era mi territorio (…) ¿Cuándo deja uno de verse como es? ¿Qué parte de lo que uno ve es simplemente el reflejo de lo que los demás ven en uno, de lo que uno deja ver a los demás? Yo fui tantos, tan distintos, que ya no me veo de ningún modo. Antes me miraba al espejo y me gustaba lo que veía».

Pero el trabajo desapareció. Y nadie es igual sin trabajo. Ni las personas, ni las relaciones sociales, ni los tejidos afectivos. En eso está parte de la sociedad argentina en edad de trabajar. Una parte de la sociedad que debe sacar valentía y coraje para pasar frente al espejo y preguntarse: ¿qué ha quedado de aquel trabajador? La Argentina debería trabajar para contestar esa pregunta antes de retirar los espejos.

FUENTE: La Nación